lunes, 29 de septiembre de 2014

MAS SE SIENTE MUCHO MÁS


Un parlamento, como el catalán, que no se atreve a poner firme a Jordi Pujol significa que todos sus componentes comen de su mano. Hacen lo que dicta, y a callar. Ni en vano detenta el título de porcentajista, otorgado el mismo día en que fue sobreseído el desfalco de Banca Catalana. Si él, el gran personaje sobornable de la democracia, que se sepa, dice a los cuatro vientos que no es un corrupto, es como para echar a correr hasta la primera frontera y abandonar este país definitivamente, a la vez que hacer una llamada de atención a los académicos de la lengua española para que cambien el significado de la palabreja y la adapten al discurso del Molt Deshonorable.
La definición de corrupto es inaceptable por ser emitida como subjetiva, cuando realmente se debe hacer de manera objetiva y él no es quién para definirse, sino que es algo que le debe calificar, precisamente quien le tenga que juzgar, si es que se atreve. 
Teniendo presente que si no se respeta la Ley, que no se ha respetado, en cuanto a corrupción se refiere, desde el nacimiento de la llamada Democracia, mediante unos partidos políticos que aún se rigen bajo una estructura dictatorial, antidemocrática, sin visos de cambio, ¿de qué país estamos hablando? Sólo algún que otro despistado magistrado, al que también se le intenta corregir desde las alturas, casi inmediatamente, intenta hacer prevalecer la ley, sin conseguirlo total y definitivamente.
Mientras tanto, toda la parafernalia independentista, que dura demasiados años, cuesta mucho dinero a los contribuyentes españoles, que bien se reparten los políticos, diciendo a viva voz que lo hacen así porque están sirviendo al Estado, el llamado modus vivendi de su escarcela. Entre tanto, ¿no es malversar dinero público mandar hacer miles de urnas para una consulta que no se contempla en toda la letra de la Constitución?
Parece como si Mas hubiera conseguido el fin que perseguía, la provocación, y no ha pasado ni está pasando nada, lo que hace pensar que, tanto en gobierno central como todos los políticos de este país, están en connivencia, por aquello de que en el próximo mañana les toque a ellos. Es la filosofía política ampliada del do not touch.
Ya, desde el lejano 1978, ciertos políticos han tratado de traicionar la Carta Magna, fundamentalmente las tribus nacionalistas, con sus mentiras, que parecen creérselas, auténticos suicidas, como cuando, hace seis años, Ibarretxe se defenestró políticamente, hecho que Mas no parece que haya sacado conclusiones. Y es que las palabras escuchadas, dependiendo del tiempo transcurrido, marean, tal y como lo están haciendo.
Partiendo de una premisa verdadera como es que la región catalana nunca jamás ha sido una colonia española, ¿por qué todos los Gobiernos empecinados, unos tras otros, la han dejado llegar hasta donde lo ha hecho? ¿Acaso todos los Gobiernos le han debido, y le deben, demasiados favores escatológicos? Porque, por ahora, todos los Gobiernos siguen estando indecisos en la aplicación legal. Están tardando mucho en aplicar la ley que desarrollaron, cuando para otros no tardan tanto, incluso aceleran. Un desgaste económico, político y social innecesario. Es como si estuvieran aplicando una medicación genérica, incluso un placebo para curar la rabia.
Y si Cataluña no ha sido una colonia española, sólo en ensoñaciones de ciertos iluminados, pese a la ayuda de sus mamporreros pseudohistoriadores, en el caso hipotético que los españoles, siguiendo a la Constitución, la dejen ir libremente de rositas, su deuda sería sólo su deuda, quiera o no, y no, como pretenden, que la paguen el resto de los españoles.
Desde la evidencia natural de la ilegalidad, la naturaleza es ilegal, una vez que el hombre con su inteligencia, con sus intereses, articula la ley que pretende, presenta algo ilegal como legal, nace la legalidad. Cuidado con los desvaríos visionarios.
Y, el Gobierno, ya que adormece, preferible sin adormidera.

Alfonso Campuzano

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miércoles, 17 de septiembre de 2014

CAMBIO ATÍPICO


Si se supone que la edad del planeta Tierra es de más cuatro mil millones de años, es lógico pensar que, tanto en su superficie como en su profundidad, puede haber ocurrido de todo, aunque desconocido, en su mayor parte, por la especie humana; por tanto, hay que considerar que sabe defenderse de la adversidad cotidiana. A partir de aquí, todo lo que puede haber sido entra en el reino de la fábula.
El que este planeta sea un ser vivo choca contra nuestra conciencia. Desconocemos sus leyes intrínsecas e implacables lo que significa que da igual lo que haga la mano humana. Tiene capacidad suficiente para reciclarse, más lenta cuantos más habitantes albergue, pero no como les gusta declarar a los derrotistas. Así que pretender defenderlo y erigirse en defensor de algo desconocido, ayudado de la soberbia humana, es tal tontería que puede desestabilizar su meta.
Todo lo que está ocurriendo actualmente al planeta Tierra viene ocurriendo desde siempre. Ahí están para demostrarlo las eras glaciares y las interglaciares, que se puede creer en ellas o no, porque no las hemos abarcado conjuntamente para poder decir que las hemos vivido, sino otros seres anteriores a nosotros.
Nadie duda que estamos en el centro de un posible cambio climático. Cada día es diferente al anterior e incluso al posterior. El cambio climático existe, lo percibimos a cada instante de nuestra vida y quién no lo haga difícilmente puede percibir otras realidades cotidianas. 
Otras cosas son las profecías sobre el cambio climático, que nos espera, que deberían ser más de andar por casa que progresar en el sentido melancólico que se apunta con machaconería mediática, minuto a minuto, cuando hablan, sin ser videntes, de impactos ambientales que nadie sabe hacia dónde se dirigen como si estuvieran en posesión de la verdad, hacia el calor, olvidándose fácilmente que también se puede dirigir en sentido contrario, es decir, hacia el frío porque, por mucho que se diga que todo es muy diáfano, en cuestiones de leyes de la naturaleza, nadie posee la luz, todo son conjeturas.
Nadie conoce ni entiende, por no vivido, cómo se genera y funciona un cambio climático global. En el clima se estudian elementos meteorológicos variables como la humedad, precipitaciones, presión, temperatura, viento. Posiblemente los modelos utilizados hasta el momento para la prevención climática no sean los más adecuados ni los más correctos, ya que no hay base tecnológica suficiente para analizar científicamente los resultados de unos cincuenta o, como mucho, setenta y cinco años pasados, lo que induce hacia el error de un calentamiento global, como gusta decir a los gurús del catastrofismo, en lugar de evolucionar hacia un enfriamiento, también global, como parece que se está decantando este planeta nuestro al que, por los años transcurridos, ya le toca un período glaciar, sin pesimismos añadidos.
Ante el desconocimiento de las circunstancias variables en épocas anteriores, unido a la facilidad con que actualmente se hacen estadísticas, conlleva a situaciones, como la actual, que se admite que todo es uniforme, cuando la realidad nos dice diariamente que cada medida de tiempo en esta vida no es ni medio parecida a la anterior. Los tristes, en vez de investigar profundamente lo que hacen es amedrentar.
Lo más lógico sería llamar clima atípico, porque cambio, lo que se dice cambio es imparable, como la vida misma. Todo es modificable. Nada es estático ni estable, todo es dinámico y activo. El cambio rige la vida, y el clima no va a ser menos. Todo cambio anormal es preludio de lo contrario. Es un aviso sólo conocido por las personas entendidas que no quieren soltar prenda por las consecuencias que pueden acarrear. Lo que en épocas anteriores pasaba desapercibido, y tardaba tiempo en publicarse y en llegar al oído del gran público, hoy día, con chasquear dos dedos, o tocar una tecla, uno tiene casi a su disposición lo que desea que se le sirva.
El error que toca en esta época nuestra es atribuir el cambio, cualquiera que sea, hacia el calentamiento y no hacia el enfriamiento. Para cualquier autoridad posiblemente es más fácil proteger a la población del calor que del frío, sobre todo cuando se ignoran las consecuencias. El llamado calentamiento no es algo que se ha descubierto últimamente, sino que es la evolución natural desde la última glaciación.
La política, que todo lo llena, también se entromete en las ciencias climáticas. Los investigadores, si pretenden recibir apoyos, tienen que adaptarse a ejercer bajo un diseño gubernativo coyuntural, que les impide rastrear independientemente, debido a temores administrativos.

Alfonso Campuzano
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miércoles, 10 de septiembre de 2014

CAMBIO GENERACIONAL


A pesar de que la Carta Magna del reino de España no tiene fecha de caducidad, se le ha caído el precinto hace unos cuantos años. Sin embargo, debido al tiempo transcurrido, casi cuatro decenios tomando nota sin retocarla, es de reconocer que precisa algunas enmiendas, ya que se ha podido comprobar que estamos ante un sistema político caducado porque se ha convertido en un ente endogámico, intolerable, pícaro y trilero, ya sea por mastodóntico o por esquizoide.
Hemos tenido un ex presidente como Felipe González Márquez, que MINTIÓ al decir que la OTAN de entrada no y de salida tampoco; un ex presidente como José María Aznar López, que MINTIÓ al declarar la guerra a Irak; un ex presidente como José Luis Rodríguez Zapatero, alias ZP, que MINTIÓ diciendo que no había crisis económica, pero ganó las elecciones de su segundo mandato, y aún continuamos con la crisis; un presidente como Mariano Rajoy Brey, que MIENTE diariamente desde hace treinta y tres meses. Lo curioso es que ninguno de ellos ha cumplido el programa electoral por lo que fueron votados. Así se comportan los votantes españoles ante cualquiera de los comicios electorales.
Gracias a los casi medio millón de políticos españoles, sin haberlos rozado ni de lejos la recesión económica que fraguaron y que más de un septenio dura, los ciudadanos españoles, en agravio comparativo con el resto de los ciudadanos europeos, han sentido en sus propias carnes unos recortes sociales totalmente injustos, algunos de ellos ganados durante un período totalitario. Unos recortes que debían haber sido hechos desde arriba hacia abajo, como indicaba Bruselas, y no desde abajo hacia arriba. Si estos políticos tuvieran un poco de sensibilidad, que no tienen, demostrado está, aún están a tiempo de restituir lo despojado. Este conjunto de personajes resultan ser muy caros para el erario del Reino de España.
Desde Bruselas observan al Estado español como un batiburrillo de desconcierto, preocupación y desconfianza, porque se está empezando a conocer mundialmente como un país altamente litigante. Una fama que no es buena para la marca España. Las demandas contra el Gobierno español se acumulan, día tras día, en C.I.A.D.I., organismo arbitrario ligado al Banco Mundial. Sobre todo debido a demandas de arbitraje en materia de Energía, comparándonos a países como Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Algo que, ya va siendo hora, necesita un cambio en el sistema político español. Y nunca mejor que hacerlo durante esta larga crisis.
La composición del Senado, una cámara cuyo comportamiento es el de un cementerio de elefantes donde se retiran todos los deshechos de cargos públicos. Y quiérase o no, debería ser reducido a 100 miembros. Independientemente del número de habitantes, cada provincia debería tener un máximo de dos diputados. Más que suficientes para realizar una labor casi de becarios.
El Congreso de los Diputados debe ser reducido a 150 miembros, en listas abiertas. Independientemente del número de habitantes, cada provincia debería tener un máximo de tres diputados. Las Leyes deberían ser dictadas por las Cortes Generales para todos y cada uno de los españoles, incluidos los políticos. Los componentes del Senado y del Congreso no podrían presentarse más de dos Legislaturas.
Las regiones españolas, o comunidades autónomas, como mucho, deberían emitir sólo normas, para lo que no serían necesarios los miles de parlamentarios autonómicos actuales, pues sobrarían casi todos. Demasiadas bocas y manos. Sería loable eliminar, cuanto antes, las cerca de tres mil barreras regulatorias autonómicas para la creación y desarrollo de empresas. Actualmente todo se resume a trabas, burocracia, restricciones, normas absurdas. Y además, ninguna de ellas tendría necesidad de abrir embajadas en ningún país, pues para eso está la marca España.
El aforamiento no se debería otorgar con beneplácito a miles de personas, sino a una docena de personas, como mucho. Y son demasiados. El servicio al Estado tiene sus normas y cuando se incumplen se paga la deuda.
Los dos periodos ordinarios de sesiones serían de once meses, en lugar de los nueve actuales, y de lunes a viernes, en lugar de martes a jueves como trabajan actualmente. Se comportarían como cualquier trabajador funcionario o de la empresa privada. Su cargo se trata de un servicio al Estado, como presumen, y no de sestear y vacacionar, como hacen. Como ejemplo: las miles de leyes que jamás se aplican porque no tienen salida. Actualmente disponen de 105 días de vacaciones anuales porque su trabajo reiterativo en cada Legislatura es realmente agotador. Sería interesante que desaparecieran más de la mitad de los Ayuntamientos y absolutamente todas las Diputaciones Provinciales, cuya regulación dura cerca de dos siglos. Hora de cambio. Demasiadas bocas que alimentar y demasiadas manos dispuestas a deslizarlas en el interior de la Caja.
En cuanto a la Ley Electoral necesita cambios profundos en su camino hacia la democracia. La financiación de todas las elecciones (generales, autonómicas, municipales, europeas) pasaría de meter la mano en la Caja de las Pensiones desde 1982 a ser un gasto del partido político (30%), del candidato (30%), del Estado (30%). Si alguien quiere ser político que se lo gane. Sobran, por innecesarias, todas y cada una de las subvenciones a los partidos políticos, fundaciones, etcétera.
Todos los partidos políticos propondrían candidatos, previas elecciones primarias en las que voten todos los afiliados, nada de delegados, para optar a ser Presidente de Gobierno, Presidente Autonómico, Alcalde, Gobernador, con posible segunda vuelta.
Si estas propuestas se consiguieran disminuiría bastante el saqueo insaciable hacia el contribuyente.

Alfonso Campuzano

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lunes, 1 de septiembre de 2014

UN PARTIDO POLÍTICO DEL SIGLO XXI


Desde la normalidad institucional, la jefatura del Estado español ha cambiado de titularidad, tras la abdicación de su augusto padre, Don Juan Carlos I, ha sido coronado rey de España su hijo Don Felipe VI. Este acontecimiento, quiérase o no, ha inaugurado una nueva época, que se espera sin borrón, pero con cuenta nueva.
Era alentador estar viviendo el fin de una época, ya lejana, y acariciar el comienzo titubeante de otra que, sin embargo, el paso de estos largos tres decenios, por malos consejos, se vive algo que se está pareciendo a aquella, no del todo olvidada. Ciertos logros salariales conseguidos por los trabajadores, con gran esfuerzo, en un régimen dictatorial han sido aniquilados de un plumazo en un, llamado irónicamente, régimen democrático, haciendo creer a todos los españoles que la responsabilidad de este atropello era del ciudadano cuando la realidad era otra, no puede ser más que de aquél que gestiona, y muy mal, la res publica.
España, por este camino elegido, nunca se integrará totalmente en Europa, sino que continuará como el furgón de cola, tal y como ya estábamos antes de ingresar en la Unidad Europea. Así que, leyendo la Carta Magna española, se echa de menos el cumplimiento de varios artículos que, por parte de algunos políticos, quizá muchos más de lo que se cree, que han jurado o prometido acatarla. Por citar algunos que sobresalen, respecto a otros: 2º, 3º, 4º, 5º, 6º, 8º, 27º, 31º, 35º, 44º, 47º, 50º, 117º, 128º, 136º, 137º, 138º, 158º. Ante esto sería conveniente recordar, siempre en futuro condicional, por si algún partido político quiere tomar el testigo, que:
Se debería corregir públicamente a aquellas autoridades que, en publico o en privado manifiestan delirios megalómanos que no están contemplados, ni de cerca ni de lejos, en la Constitución.
Se deberían cambiar las normas que rigen la estructura interna y funcionamiento de los partidos políticos, sindicatos de los trabajadores y asociaciones empresariales para que no presuman de ser demócratas, cuando no lo son ni por asomo.
Se debería exigir libertad de enseñanza y derecho a la educación en todas y cada una de las Comunidades Autonómicas.
Se debería evitar el carácter confiscatorio de las contribuciones, tanto directas como indirectas, para el sostenimiento de los gastos públicos, muchos de ellos, de vértigo.
Se debería conseguir que el trabajo fuera suficientemente remunerado, actualmente muy discriminatorio en agravio comparativo con el resto de los países de la Unión Europea. Con sueldos inferiores en 17% a la media  europea U-27, que es de 1.936€, cuando España ocupa el decimoquinto lugar de veintisiete. En algunas encuestas se lee que el 60% de los españoles no se siente europeo. ¿Los deberes están bien hechos?
Se debería promover consecuentemente las condiciones favorables para ejercer una política orientada al pleno empleo cuando actualmente las estadísticas gubernamentales nos muestran entre un 24-26% de desempleados. ¿Mano sobre mano?
Se debería promover, para la sociedad, el acceso a la cultura, la ciencia y la investigación, sin subir impuestos, sin aplicar recortes, que conducen al empobrecimiento.
Se debería impedir la especulación del suelo a fin de que los españoles disfrutaran de una vivienda digna y adecuada.
Se deberían garantizar las pensiones y actualizarlas periódicamente, prohibiendo utilizar la Caja de las Pensiones para fines escatológicos, tal y como se hace desde 1982 por todos los Gobiernos.
Se debería independizar a jueces y magistrados sin que vayan tan amartelados y cogidos de la mano del poder gubernamental, en busca del sillón o de la medalla de turno.
Se debería subordinar la riqueza del país al interés general en vez de al interés de ciertos, y conocidos, particulares.
Se debería apremiar al Tribunal de Cuentas para que su trabajo estuviera al día y no con un retraso de varios años, que no tiene consecuencias.
Se debería tomar en serio que el Estado garantice la solidaridad, velando por un equilibrio económico, adecuado y justo ente las diversas partes del territorio español sin que existan diferencias ni privilegios económicos o sociales entre Estatutos de distintas Comunidades Autónomas.
Se deberían corregir los desequilibrios interterritoriales, que los hay, y muchos.
Posiblemente, esto que es tan evidente, por ser tal, se pasa de ello, aunque es necesario no pasar para que la convivencia sea efectiva. Los vigilantes deben cumplir su misión, sino sobran vigilantes.

Alfonso Campuzano

Sigue a @AIf0ns0