martes, 30 de junio de 2015

DESEQUILIBRIO ECOLOGISTA



Cuando desaparece o se extingue una especie significa que no tiene sitio/cabida en el sistema ecológico, que su función ha finalizado, que ya no es necesaria – Alfonso Campuzano
Las catástrofes naturales dejan suficiente cambio en el ecosistema como para que la mano de la especie humana intervenga en la naturaleza sin su permiso. Hasta el momento, parece ser que han existido cinco cataclismos paroxísticos en los que se perdieron gran cantidad de especies de una forma selectiva y natural, posiblemente hasta un noventa y cinco por ciento, sin contar que anualmente fallecen en siniestros naturales más de ciento cincuenta mil personas.
El que desaparezca o se extinga una especie significa que no tiene sitio, o cabida en el sistema, que su función ha finalizado, que ya no es necesaria y, si se cree que lo es y se manipula, intentando resucitarla, el proyecto se puede ir de las manos, provocar un desequilibrio en la especie humana y generar enfermedades infectocontagiosas desconocidas, desaparecidas y rebrotadas, de difícil o nula curación. Aparentemente esta consecuencia no es buena ni mala, no se acaba nada, sino que aparece algo que lo sustituye, incluso mejorado, es algo intrínsecamente natural a la evolución del planeta Tierra.
Sin embargo, la obsesión por el control de cualquier especie inferior a la humana tiene que beneficiar a alguien, esto es casi seguro, ya que las administraciones públicas invierten ingentes cantidades de dinero en lugar de revertir en los propios contribuyentes, que para eso se lo exigen.
Tras la fachada del llamado ecologismo hay un principio de desequilibrio. El ecologismo debe ser una norma educacional, y no una doctrina absolutista ponderada a diario por los medios de comunicación social. La especie humana, máxima depredadora, por excelencia, lleva en su sangre los genes de la destrucción del planeta Tierra sin que, hasta el momento, lo haya conseguido después de 4.500 millones de años de existencia de este planeta madre y del que aún le queda, como mínimo, otro tanto, pues este planeta, considerado un ser inteligente, sabe lo que se cocina en sus entrañas y en su exterior, mientras que la especie humana ignora casi todo, tan inteligente es que, cuando otra especie desaparece, la que sea, incluso la más vulgar, hace que aparezcan cientos, y nunca del agrado de los humanos y menos aún de los señores ecologistas que, a su pesar, observan como lo destruido se regenera en contra de sus teorías catastrofistas, pues ellos lo que más desean es tener a toda Humanidad en un puño, por ahora, sin conseguirlo, aunque de camino van.
Como humanos, cuando se mete mano a algo, en el mejor de los casos, y aún con buena voluntad, para conseguir un buen fin, al desconocer casi todas, por no decir la totalidad de las leyes de la naturaleza, los resultados, no uno sólo, son unánimemente dispares, incluso contrarios, al pensamiento último de la hipótesis puesta en marcha. Esto es lo que ocurre cuando los humanos pretenden someter a la Naturaleza que, en su sabiduría, se rebela contra todo encasillamiento, porque se la obvia diariamente. Ejemplos hay miles de millones. Pretender levantar, como se ha enarbolado la bandera ecologista, sin pensar que ella es más sabia que todos los humanos juntos se traduce en todos los desastres que ve el ojo humano.

Alfonso Campuzano
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lunes, 29 de junio de 2015

PERTURBACIÓN ATMOSFÉRICA


Las perturbaciones atmosféricas y las turbulencias aéreas son cada vez más frecuentes y duran más tiempo. En ocasiones, la tormenta, mientras vuela un avión, se enfrenta a un enemigo, sobre todo cuando se ha descubierto últimamente que el techo que puede llegar a alcanzar supera la altura máxima que le permiten sus motores. Hasta hace muy poco se creía que los doce kilómetros de altitud eran suficientes para evitar los efectos perjudiciales de unas nubes tormentosas cuando ya se ha comprobado que pueden llegar hasta los quince kilómetros sin posibilidad de defensa. Algo deberá cambiar en los ingenios voladores o cambiar las autopistas aéreas. ¿Cuantos años se necesitan para mejorar, reducir y eludir este grave problema recientemente planteado por la evidencia? Casi una vida.
Cuando las imágenes de cualquier televisión nos muestran las inundaciones que tienen lugar en cualquier punto del planeta, una serie de países, la mayor parte de las veces tercermundistas, no dicen que estas poblaciones carecen de desagües que filtren el agua, esperando que, gracias a la temperatura que disfrutan durante todo el año, la evaporación haga el resto.
Sin embargo, cuando los desbordamientos de ríos acaecen en territorios de países primermundistas las causas son tan diversas como son la falta de mantenimiento del alcantarillado, la invasión descontrolada del terreno cercano al lecho fluvial al permitir el levantamiento de urbanizaciones o fincas, dando lugar a enemistades locales, avivados con rencillas políticas en busca de votos, con aquellos que sufren sequía al no saber o no querer tomar la directriz de transvasar el agua.

Alfonso Campuzano
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martes, 23 de junio de 2015

NATURISMO


El Tribunal Supremo ha dictado su fallo judicial en el recurso de casación presentado por el Club Catalán de Naturismo contra la sentencia de la Sección Quinta de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, que había avalado la ordenanza municipal que prohibía la práctica del nudismo en sus playas. Esta sentencia, aunque se quiera disfrazar como discriminatoria y desproporcionada, se enfrenta al derecho fundamental a la libertad ideológica, tal y como se recogió por el Tribunal Europeo de Estrasburgo, en octubre de 2014, cuando sentenció que la práctica del nudismo estaba amparada por el derecho a la libertad de expresión.
Sí es cierto que el nudismo/naturismo se practica en playas donde el aviso previo es lo habitual, incluso en las redes sociales, para que nadie, medianamente informado, se lleve a engaño. Lo anormal es que se practique en zonas costeras multitudinarias como si se trataran de playas mixtas. Hay que ser muy pusilánime para no darse cuenta de que, hoy por hoy, cada playa debe tener lo que la mayoría quiera para no llegar, ni por asomo, hasta la autocracia de las minorías, tan en boga. Aunque el espacio ofrecido para disfrutar del sol con la totalidad de la piel expuesta sea de difícil acceso no es óbice para saltarse ciertas formas mínimas de convivencia social.
Lo ideal es que las playas no se confundan para tranquilidad y confortabilidad de todos aquellos que quieran disfrutar de este tipo de asueto. Lo que resulta más extraño aún es que en zonas eminentemente turísticas, con población de mente bastante abierta, hayan denunciado esta particularidad, a no ser que, profundizando quizá demasiado, entre los denunciantes de turno, como causa final, un decir, hayan sido algunos de los integrantes del treinta por ciento de la población inmigrante. Se relajarían más si no fuera el caso.
Los tiempos cambian los protocolos, nada es estático, sobre todo el lenguaje; sin embargo, en cuestión de educación, primariamente la familia y secundariamente la sociedad, destacan los hábitos en las prendas de vestir. El buen tiempo hace que cualquiera se vista con una camiseta sobaquera como si fuera una camisa; se enfunde, como si fueran unos pantalones, unos de corte bermudas/piratas y, como si fuera un calzado, unas chancletas, cuando ha sido citado para hacer una entrevista con el fin fundamental de conseguir un puesto de trabajo. Vamos que, demasiado informal, un adán clásico.
Estos derroteros pueden llegar a concluir con que, para conseguir arrebatar la hipocresía con la que cuentan los políticos, fuera loable que, a las sesiones de debate parlamentarias, ya sean locales, autonómicas, nacionales, europeas, consistoriales, etcétera, se exigiera asistir sin la dictadura del vestuario a discursear o no, en pulguina, así sus palabras se alejarían del clásico engominado, serían más naturales y se acercarían más a la realidad, no como ahora, distantes y sinsentido, se les quitaría la bobez sublime de la que presumen. Y si, además, estuvieran medio ajumados, mucho mejor. Para los próximos comicios ponga un/a parlamentario/a descanicado/a en su vida, dentro de un parlamento totalmente despelotado, aunque no indigno.
En cuestión de vestir, el género lo diferencia casi todo. Las mujeres lo tienen infinitamente fácil, quizá sea por naturaleza, juegan con ventaja, su atuendo puede ser elegido entre masculino o femenino, puede disfrazarse de hombre o bien vestirse de mujer, sin que la elección suponga estar fuera de lugar: todo le sienta a las mil maravillas, mientras que el hombre, para vestir adecuadamente, no admite discusión, debe presentarse casi encorsetado sin poder disfrazarse de mujer, aunque aún se puede pedir turno.

     Alfonso Campuzano


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lunes, 15 de junio de 2015

LA LAUREADA DE VALLADOLID



Es posible que no haya un sólo ser humano que desprecie o trate de desprestigiar una condecoración militar, ya sea concedida en tiempo de guerra o de paz, a no ser que carezca de sentimientos, de ética, aunque sí sobrado de mucho batiburrillo plagado de resentimiento que le impide evolucionar hacia un futuro mejor, persistiendo en mirar hacia atrás con ira desenfrenada, mientras arrastra toda la bazofia que entresaca de su disco duro de cortas miras y nulos terabytes.
Con los símbolos no se juega y, menos aún, con las condecoraciones que, para quienes las reciben, han sido habitualmente conseguidas después de haber dejado algún jirón de su vida en un más que probable empeño social, mucho tendrían que decir, siempre que no hayan dejado de existir. Cuando tratan de destruir un símbolo ciudadano, la sociedad está rodeada de infinidad de ellos, algo muere de cada uno.
Es cierto que, con cada régimen, sin justificación razonada, se han ido acumulando errores políticos garrafales, entre ellos, cambiar el escudo/emblema español, y ahora, siguiendo con esta retorcida tradición eminentemente política, se pretende continuar haciendo más de lo mismo con el fin de retroceder unos cuantos años más hacia las cavernas.
La Laureada de San Fernando colectiva, con la que está arropado el escudo de la ciudad de Valladolid, es un símbolo que honra, tanto el valor como la abnegación, de una gesta heroica, que no individual, sino colectiva, que fue concedida el 17 de julio de 1939. Su prestigio y categoría vienen avalados por las rigurosas exigencias necesarias para iniciar el expediente de concesión y el trámite estricto que conlleva. Pese a la connotación de su concesión preconstitucional es una condecoración centenaria que, como todas las distinciones castrenses, no saben de regímenes ni tienen por qué saber.
Ningún integrante de generaciones posteriores a la contienda fratricida, como la actual, tiene responsabilidad alguna sobre este máximo galardón militar y sería un gravísimo ultraje hacia aquellas personas que, con su sangre, la consiguieron, porque si pudieran, aparte de revolverse en sus tumbas, serían capaces de levantarse y arrear más de una colleja, por no decir otro calificativo, a quienes con su osadía e insensibilidad intentan faltarles el respeto hacia sus personas y su obras.
¿Qué delito ha cometido la ciudad de Valladolid, y sus gentes, para que algún que otro insensato excéntrico pretenda arrogarse la insana proposición de retirar una condecoración militar concedida por unos hechos que no vivió y que se atreve a juzgarlos? Para ello debería tramitar, como poco, un expediente en regla que llevara a un procedimiento judicial para la retirada del escudo aduciendo ¿qué causas?, porque no es un titular físico que pueda haber cometido un hecho delictivo, que haya realizado un acto/manifestación contraria a la Constitución, a las  Instituciones, o que haya atentado gravemente a los intereses de la Comunidad de Castilla y León, sino que es una colectividad que actualmente disfruta de la recompensa ganada por otros en su lugar.
Hay que odiar mucho, incluso a sí mismo, para tal pretensión.
¿Acaso Valladolid tiene que renegar de la Historia de sus títulos, otorgados desde el siglo XIV, como son: Muy Leal, Muy Noble, Ciudad, Heroica, Laureada, además de haber sido una de las tres capitales del Imperio español, durante cinco años del siglo XVII, porque alguien esté en desacuerdo con unas hazañas en las que no participó como protagonista? De entre todos ellos, nada menos que seis, se pretende desacreditar, por rencor y a traición, la Laureada colectiva que esta ciudad ostenta con inusitado orgullo. La Historia tiene la palabra.

Alfonso Campuzano

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