lunes, 22 de febrero de 2016

POLÍTICA DE CORTE BUENISTA



Toda política de corte buenista favorece fenómenos negativos de consecuencia catastróficas para la sociedad – Alfonso Campuzano


Cuando una persona pretende cambiar de vida, sobre todo si es miserable, bien está que ponga los medios a su disposición para lograr salir de ella, pero la imaginación es individual, por eso cada uno toma el derrotero que su conocimiento le dicta, confundido o no.
Cada país tiene sus normas, que se van haciendo más y más internacionales para evitar discriminaciones. Sin embargo, la aceptación de inmigrantes, en ocasiones, depende más de los mandos intermediarios que de la propia ley escrita y, de esto, pocos o ninguno se enteran.
Sin ver la realidad, y actuando con mucha imprecisión, tratan de contentar a todos con políticas de corte buenista, ya sea en la redistribución de la riqueza, en las compensaciones económicas y en el auxilio social hacia los inmigrantes que, en general, no tienen reconocido nada, ni siquiera una titulación académica o un trabajo, tratando de evitar conflictos, enmarcándolo en un falso humanitarismo que defiende el multiculturalismo, algo totalmente ineficaz, incluso perjudicial, pues acarrea el favorecimiento de fenómenos negativos de consecuencias catastróficas a largo plazo.
El buenismo llena todo en los discursos políticos, tratando de allanar el camino a la baja, tolerando la imposición de conductas opuestas con el fin de no herir sentimientos aunque ya los sentimientos estén heridos al ceder una cultura en favor de otra, en lugar de buscar el justo medio del multiculturalismo, que sólo existe en la cabeza del derrotado y del sumiso. En esta tolerancia ante intolerantes pierde, como siempre, el tolerante.
No hay que hacer demagogia. Tanto inmigrantes como refugiados necesitan un papeleo, según la normativa y, no porque ello tenga una cierta prioridad, que algunos califican de falta de voluntad política, descoordinación, inclusivo pasividad, pero es que no se pueden dejar de atender las prioridades de los contribuyentes autóctonos. A los inmigrantes, ya sean económicos o refugiados, no se los puede tratar de hacer pasar por el mismo aro.
Ante esto, bien se pudiera pensar que tener un trabajo titulado en su país mejoraría su situación, sin embargo, no es así, ya que la autorización de cualquier titulación, por lo menos en España, tarda en homologarse la friolera de dos o tres años, tiempo en que el inmigrante no puede salir del país donde pretende afincarse, tiempo que, en el mejor de los casos, intentará conseguir, si lo consigue, un empleo al que no está acostumbrado.
No obstante, como la moneda tiene dos caras, es loable que algún inmigrante, cuyos abuelos tenían pasaporte español, quiera conseguir legalmente trabajo y residencia, pretenda emprender un negocio, mediante un proyecto para desarrollarlo, como trabajador autónomo, que no es lo habitual, y cada movimiento de papeleo que hace desencadena una frustración debido a negativas reiteradas, recibe zancadillas desde la propia administración autonómica, que prefiere subvencionar a patronales y sindicatos, pese a sus afiliados.

No viene pidiendo árnica, ni respaldo económico que lo apoye e impulse, como la mayoría. Tiene los pies en la tierra. No viene pidiendo nada más y nada menos que solicitar la autorización de su titulación con la intención de prosperar en sus planes y, con ello, crear riqueza y no ser una sobrecarga.

Alfonso Campuzano
Sigue a @AIf0ns0

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